Lunes: ¡Enciende tus fogones! 

Es feo. El primogénito de la camada de una rutina, la mañana de cafés cargados en una oficina de ojeras. Es el del claxon en los atascos, el llanto a la puerta del cole y el responsable de la manta sobre la cabeza para gritar que llegues antes, querido martes.
Se mire desde la perspectiva que tengan a bien considerar:

Los lunes son una mierda. 

En Galicia, además, ese día llueve. No suele caer agua fina, jarrea racheado, incluso doloroso si te pilla despistado. Algún domingo se apiada de su siguiente y le brinda una densa bruma matutina pero, llegada la tarde, se la retira y el lunes se queda desnudo con lo que es, un miserable día de agua que se suele agarrar fuerte, por si no basta, de la mano del viento:

Los lunes son grises.

Los que vivimos en la zona noroeste, a veces, nos debatimos entre dos opciones al inicio de la semana: suicidarnos-poco práctico si pretendemos llegar al viernes- o creer en el optimismo y salir, ataviados con paraguas-que te robarán o abandonarás roto en cualquier papelera antes de volver a casa- chubasquero y botas, al fresco.

Normalmente, y pese a un caracter que nos confunden desesperanzado, procuramos venirnos arriba y ocupar las calles.

 En Compostela, los lunes, también lo intentamos. Quedamos y buscamos dónde cenar para poner, si cabe, una guinda al pastel agridulce de la semana.

Tenemos una ciudad Patrimonio de la Humanidad desde 1985, muy bonita, oigan. Con su piedra mojada- qué arte-, los callejones peatonales- el orgullo de los propietarios de los parkings-, y un formado sector hostelero que suele ocupar publicaciones gastronómicas a menudo.

Fenomenal. Has pagado tu aparcamiento, te has empapado hasta llegar a tu restaurante y:

Los lunes cerramos.

Los fogones suelen irse a off el mismo día. Una inmensa-sísima- mayoría. Quizás se atisba una vela prendida en algún rincón pero, al cuarto lunes de mes has conocido toda posibilidad de llama.
No les reprocho, señores hosteleros, que descansen. Ustedes que lo hacen cuando el resto trabajamos, salmones a contracorriente, ustedes que consiguen hacer del lunes su día de fiesta y lo pintan de planes; pero sí les pido un favor:

En una ciudad de no más de 95000 habitantes, con unos 5 restaurantes muy curiosos, 10 buenos y varias decenas que suman el resto, ¿Por qué no nos entregan un poco de esperanza y se turnan para echar el cierre?

Los lunes seguirán siendo una mierda y se pintarán de gris, pero podremos decir que saben rico.

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El rape ya no es una Fiesta

Me dirijo así, con la templanza que otorga una carta, para no echarte en cara a gritos tu falta. Ahorro los reproches porque no estés, aunque podría sentarme en mi sofá rojo a disparar durante casi dos décadas más. 
Resulta difícil encontrarte para dedicar frente a frente el resto de estas líneas. Así que, para el confort de mis recuerdos, insulto al arte de juntar letras con las siguientes. Seguro, lo leerás donde estés: 

 Llevo un tiempo pensando en que no sé cómo cocinas. Nunca te he visto agarrar una cuchara de madera- de las que venden cerca de casa. Están en el primer cajón a la izquierda. Sí, hay varias. Al lado del horno- más que para no caer de lleno en la olla de los callos de domingo a robar una tapa pícara antes de la comida. Probar, esconderte de todos ellos, y susurrarme al oído como otro niño más: “shhhh”. 

Tampoco he asistido, si es que existe, a tu valiente incursión entre fogones para calentar la leche de mi desayuno. 

Siempre ha estado perfectamente temperada…No te he visto hacerlo pero, seguro, los has prendido. Porque así me la bebía. Impecable.

Me confieso: Ahora me gusta fría. Es más, no oculto y me tiro a la piscina, ya no tomo leche de vaca. Ya, vale, yo también te he fallado.

A veces me acuerdo de la mentira de tu vida. 

Sí, todos aquí, en “nuestro sitio”- ahora yo también siento a Cedeira muy mía- sabemos de tu secreto: “viene y compra yogures, todos los días, solo eso. Me dice que son para sus nietos”.

A diario yo también voy al súper, no a la tienda de siempre que está al otro lado del puente- vivo en otra ciudad-, pero me hago con ellos. No doy explicaciones de cuántos nos comemos cada uno. Ya no las demandan, no te miran de un modo inquisitorial. Quizás saludan y ofrecen una bolsa que te cobran; ya no se esconden en los bolsillos del abrigo. Los yogures han pasado a un segundo plano. Una lástima.

Los raciono, no como tú… Te imagino a oscuras engullendo el pack de seis, silencioso… Sí, no te rías- o hazlo, pero no niegues-. He visto sus cadáveres plasticosos bajo tu cama muchas mañanas. Tranquilo, no he dicho nadaa nadie. Ni a ella (pero también conoce tu hábito).

¿Sabes? Anteayer volví a Cedeira. Ya no llevo una caja de bombones para ti, pero dejo volar la imaginación cada vez que paso delante de la dulcería. Al fondo, nuestro mar…

  Comieron rape a mi lado, en la misma mesa- eran de los nuestros, familia, más tuyos todavía que míos- y me ofrecieron unirme a la fiesta. Negué con la cabeza y no solté una palabra. Me decanté por los pimientos rellenos. Te lo cuento ahora. A ti.

Ya no entiendo la celebración con esa receta, la de siempre, la tuya. Y no por propia, porque es tan popular como las olas del espigón.

Además, dudo que la cocinases alguna vez en tu vida, pero sí la has disfrutado en cada mesa larga vestida de patrona. El que más. El que une. Por eso es tuya.

Faltas, mucho, me sobra salsa, azafrán y patatas panaderas; y empiezo a aborrecer los guisantes por los que siempre he peleado con mi hermano. Mi paladar se rebela con cada una de tus evocaciones.

El rape ya no es, aunque siga sirviendo para juntarnos, una fiesta. No es nuestra. Se ha convertido en el recuerdo jodón de quien nunca has querido que se vaya para siempre.

  
Te escribo en presente porque estás, aunque no sé todavía dónde. Como el chef al que vas a visitar y nunca encuentras en su cocina. 

En sala, como en la vida, lo disfrutas con cada bocado, lo imaginas; y cuando buscas el modo de agradecer el placer que te ha brindado, se ha esfumado. Y con él la ilusión.

Así eres, una estrella, con muchos business a los que cuidar por eso, supongo, nosotros no podemos tocarte todos los días. No te preocupes. Disfruto con cada sabor que me recuerda a ti; no te lo echo en cara. 

 Un beso, y un yogurt escondido bajo la cama, abuelo. Eres una estrella, que no está ya entre fogones pero con un recuerdo siempre de todos los comensales en sala. 

Chuchú, he vuelto … A Casa Marcelo 

Chuchú:Hace pocos días me enviaste el resumen de actividad del año. Abrí el correo con desasosiego: “mierda, llevo sin escribir en el blog desde “Martín””.

Sentí cierto pudor por no haber seguido una trayectoria y, no te engaño, sonreí porque pensé que había dejado de utilizarte como vía de escape. Ya no te necesito. Berasategui cura, cada vez que se desnuda del “garrote” y viene a casa, mis ansias. 

Y hoy, sin obligación, te apareces…

  Bien Hallado: 

He vuelto a ese sitio que ya compartimos y del que nunca escribí. El lugar que sientes de “precopas” y nunca “como en casa”. El gastrobar al que han {(en)re}dado la Estrella Michelin. He regresado a Casa Marcelo.

Sabes que no me agrada del todo, él no es santo de mi devoción- y disculpa mi sinceridad. Me lloverán hostias-, tampoco me seduce compartir mesa con desconocidos- pese a que esta vez éramos pocos y en sala se extrañaban de un día de Reyes quasivacío- pero tiene su encanto.

Tengo en mente, ojo, un cariño que empieza a crecer y al que me cuesta encontrar explicación: Marcelo, a veces, coge el teléfono de las reservas y se muestra (gracias) muy amable; Martín es la verdadera esencia del local y… Hay un loco, con la herencia de un padre desagradable que sigue en la línea de lo conocido: “No pueden pedir más, la cocina ha cerrado”…

Se hace el silencio, incómodo. Y Alba, una niña de 6 años corrompida por los MasterChef pregunta: “¿Por qué?, si estamos en “Una Michelin”.

No Rebatas.

  Ademas de varios bichos curiosos,  tienen  unas carnes con nuestro MedioNombre. Sí, las “Carnitas CHU”;  y pican, como tú y yo, son bonitas, rosas y verdes… Te encantarían…

Entonces, Casa Marcelo, para la que escribe, siempre va a ser una mitad. Un 50% de cocina diferente- con algún plato rompedor-, una decoración muy portuguesa (Top) y pocos amigos. 

El otro lado es un señor últimamente agradable, reitero (nada feo que decir); un buen equipo (salvo el de “vuelva usted mañana-cuando abramos-“), y un local brutal…

Chuchú, no te he echado de menos pero creo que tú y yo vamos a dejar de escribir solo de quienes nos inducen a “bailar el agua”. Agitemos (No Revuelto) el “Petroni”. 

Estamos aquí. ¿Hemos vuelto?

Berasategui: cuando las Estrellas alumbran de cerca

 Ese martes de agosto, a las seis de la mañana, después de comprobar a través del vidrio que la lluvia seguía asentada sobre el tejado de su casa, cortó su segundo par de botas de agua a ras de tobillo y las convirtió en zapatos. Hacía tiempo que su estética era secundaria. “Me vendrán bien para bajar a la huerta“, murmuró mientras encendía el DVD que le habían regalado sus hijos y se acompañaba, como todos los días desde el fallecimiento de su mujer, de “El Hombre Tranquilo“. 

John Ford, en su alegato por la vida sobre el caos, conseguía mantener a Manuel con cierta memoria al obligarle a repetir los diálogos de su obra maestra; y Maureen O’Hara despertaba, a través de cada frame, el mismo brillo en sus ojos que su ausente Amelia.

“Lástima que no pueda cocinar como lo hacía ella”

Bajó las escaleras y recogió acelgas de una tierra cada día más desordenada, poco tenía que ver con la parcela inicial rodeada de los rosales que tanto cuidó; y, con ellas en una bolsa plasticosa de supermercado, se acercó a la carnicería a comprar un filete de pollo. Algo barato, pese a que no le faltaba el dinero.  

  Aunque su planta se había curvado en los últimos años, seguía alcanzando el metro noventa y repetía a quien le preguntaba: “¿Mi edad?, 79”. Quién sabe cuánto tiempo llevaba disfrutando de esos años pero, en confianza, sostenía que al llegar a los 80 le tacharían de viejo, por eso se mantenía en el límite.

Ya lo era, y un cascarrabias, pero él no lo sabía.

Mantenía la cabeza en alto y caminaba con paso firme, del mismo modo que cuando desfilaba como sargento de artillería; seguía mirando por encima del hombro a los vividores de taberna, y sorprendía a las jóvenes guapas con piropos de galán trasnochado. Jamás se mezclaba con borrachos y hacía años que no tomaba una copa de vino. Sus diálogos se reducían al parte meteorológico con los regentes de negocios locales, a asentir y despreocupar por teléfono a sus hijos cuando preguntaban si estaba bien, y, sus preferidos, a reir con John Wayne cada mañana.

Carmen, la carnicera, le entretuvo más minutos de lo habitual; intentaba convencerle de que se pasase por el Saloon Barqueiro, allí esperaban esa noche la visita de Martín Berasategui.

“Es vasco, como tu difunta Amelia, cocina de maravilla y tiene siete estrellas Michelin”.

Él frunció el ceño, recogió sus filetes de pollo y murmuró mientras se marchaba:

– Para ver estrellas solo tengo que mirar al cielo.

De regreso a casa confirmó que el Saloon estaba abierto, pese a que solían mantener sus puertas cerradas todos los martes, y descubrió a una pareja de señoras de cardado peluquero cuchicheando sobre el afamado chef. También en un portal una adolescente, movida por la moda foodie, tiraba del brazo de su madre a la que exigía permiso para entrar al Saloon y conocer a la eminencia. 

El pueblo parecía prepararse para una fiesta, mientras él rehogaba ya sus verduras, siguiendo los pasos de Amelia, y estimaba una comida de patrón con los ojos vidriosos: 

“Ella hubiese comprado anchoas, las que en su infancia cubrían la playa, que la vio nacer, de color plata”

 

Por la tarde sonó el teléfono, abandonó su lectura y discutió con su hija: no iba a ir al Saloon, no hablaría a un desconocido de su fallecida mujer, no quería más estrellas que las del cielo: “No entiendo de cocina, solo de la que recuerdo de tu madre”. Colgó.

Volvió a su raído sofá y encendió, de nuevo, el DVD:

-” Lo lamentará hasta el día de su muerte, ¡si vive hasta entonces!”

John Wayne también se batía en duelo con él. Manuel decidió entonces, mientras se enfundaba en la última camisa de cuadros que Amelia le había comprado, que cruzaría la calle para tomar un vino en el Saloon Barqueiro y ganar la batalla.

 

Pasaba de las nueve y media de la noche cuando pidió un rioja en una de las esquinas de la barra y abrió el mismo periódico que había leído tres veces ese mismo día. No importaba, tampoco el vino – aunque era bueno -, prefería no hablar con nadie, ver a Berasategui, contar a su hija que había estado allí y reconciliarse con el niño bonito de John Ford. Todo rápido, un mero trámite.

  De pronto se abrieron las puertas de Casa Barqueiro. Rogelio Rial, su masterchef, acompañaba a Martín Berasategui que, chaquetilla en mano, saludó al medio centenar de clientes, uno por uno, con mimo y dedicación. Parecía un hombre tranquilo, un Wayne cargado de una vitalidad que desprendía a cada pequeño paso entre los parroquianos.

Manuel se escondió en su rincón, alzó la vista con disimulo y advirtió sorprendido la sencillez de la estrella. “Seguro que a este viejo no se acerca“, pensó, con cierto temor, mientras devolvía la mirada al diario.

El afamado cocinero subió a las alturas y se dibujó entre fogones durante media hora. Todos le observaban, pensando que había ido a cenar entre colegas, pero se descubrió cocinando para toda una parroquia espectante. Menudo regalo patronal. 

Parecía tirar de calma con cada uno de los ágiles movimientos que le dedicaba a las kokotxas que estaba preparando. Mientras, nervioso, el pueblo laureaba la humildad culinaria del alumno aventajado de los Padres Capuchinos. 

 Manuel, ligeramente motivado por su primer vino de esta última década, radiografió ese ambiente estelar en el que empezaba a sentirse cómodo. 

“Otro rioja, por favor”.

El chef con más hectáreas de parcela en el cielo del país bajó las escaleras que le separaban de su público para, ayudado por su pistolero anfitrión, Rogelio, repartir cada una de las tapas que había preparado. También a Manuel, con el que desenfundó toda la artillería vasca recordando a su difunta esposa. 

“¿Le habló de las anchoas que cubrían de plata la playa?”

Con cada palabra, un recuerdo, y con cada bocado de unas deliciosas kokotxas de bacallao, un viaje marino a Donosti.  

 Entre foto y foto, Martín, ya no Berasategui, se convirtió en parte del pueblo; y el Saloon Casa Barqueiro en el escenario de un bonito baile del Oeste. 

Manuel se envolvió en un cancán de sensaciones y pidió una tercera copa, que culminó con abrazo largo y sincero a quien le devolvió a la vida. 

“Gracias, es usted un Hombre Tranquilo cargado de energía”.

Volvió a su casa mirando al cielo y pensando en que las estrellas no están tan lejos cuando aparentemente podrían presentarse a años luz. Había tocado una.

Iluminó el sol su ventana a las once de la mañana, se compró unos caros zapatos nuevos después de larga plática con el comerciante; con ellos adecentó su huerta, convertida otra vez en Edén, y a mediodía abrió, de nuevo, “Las Puertas del Cielo”:

– ¿Rogelio, puedo comer hoy también en tu Saloon? 

 

Siempre que huela a Salitre: Mesa para Dos en O Puntal

“Llamando a 981 480 532”.

 Los Toots and the Maytals, respetuosos, guardaron silencio y se hizo el bullicio en el manos libres

-¡¿Taberna do Puntal?! 

– Hola Antía, son eu, ¿terás mesa? Chego en hora e media, aínda estou saíndo

– Imposible. Nada ata a noite. ¡Estamos no verán, reina! 

Eché un ojo a la pantalla del coche: 3 de agosto. 

– Vaia, claro… Agardo, logo. ¿Ás nove? Mesa para unha. Vou de retiro, a ver se non atopo a ninguén. 

– Complicado- se rió-. ¡Vémonos!

Volvieron a sonar los Maytals y secundé su carcajada. Imposible no encontrar a un conocido en el epicentro de la movida estival noroeste. 

“Me haré con un rincón para mirar cómo se oculta el mismo sol de todos los veranos mientras tomo una caña y media ración de la tortilla más rica del mundo. Eso es lo que quiero”, pensé.

Andrés desató su piragua de la baca del coche y la echó al mar. No lo hizo con la misma agilidad de otras épocas, sus 67 años pesan ya más que esa mole de dos plazas que solo ocupan él, aunque todavía fornido como buen hombre de olas, y su caña. 

Suele surcar las raíces de los acantilados más altos de Europa pescando toda robaliza- lubinaque irrumpe en su agitada travesía, y las otras también, es un aventurero. 

Le gusta recordar a sus conocidos que, en el verano de 2010, un equipo de la BBC se desplazó hasta Pantín a entrevistarle. 

“Alucinaron cun tipo de sesenta e pico que fai pesca deportiva e come do seu hobby”, sonríe y mira al cielo cuando lo repite, que es muy a menudo. 

Me saqué las gafas de sol para comprobar que el verde del monte sigue igual de brillante que siempre, abrí la ventana y el olor a salitre me dio la bienvenida. En los últimos cien metros conté veinte coches y cinco furgonetas, un total de treinta y cinco tablas, mucha parafina, y cincuenta kilómetros de “postureo” surfero. 

Llegué a las aguas en las que nací y pasé la tarde estudiando el estilo navegante de una colonia de suecos que se ha hecho con la mejor rompiente de la playa de Villarrube. 

  

“No me importa, que la disfruten, solo hago tiempo para ir al Puntal, a ver el atardecer, comer tortilla y tomarme una caña”

Andrés cifró en quince su bote del día, y una robaliza que luchaba por la vida saltó desde la piragua para regresar al mar. Diecinueve. Sonrió y pensó en que su hijo también voló ansiando otras olas. Ahora surca acordes de guitarra por la capital. Lo echa de menos.

Él también será libre hoy, completamente solo aunque rodeado, comiendo almejas y tomándose una caña mientras atardece. 

  
Saludé a Antía al entrar en su Taberna. En una esquinita aguardaba, impaciente como una servidora, mi mesa y, mientras caminaba, examiné el terreno: un almirante ferrolano y su familia, cuatro mesas de primos madrileños compartiendo arena bajo las sillas e historias de invierno en los postres, dos paisanos de Cedeira encumbrando aventuras de mar a sotavento, a la derecha una oculta Carmen Maura y su atento clan, más suecos, muchos, tres hippies y dos perros a la una y cuarto. Todo en orden en un crisol de culturas. Nadie a quien saludar. ¡Bien!

A menudo, mi abuelo me contaba historias de aquel rincón, cuando se erigió como lugar de reunión y sobrevivía a base de Ribeiro en taza y queso con anchoas. Me gusta imaginarme esa tasca llena de marineros con los pies pegados a un suelo cargado de un serrín insuficiente. Nada que ver con el ambiente moderno, aunque de casa para los que de allí somos, que se respira ahora y que ya no necesita sobrevivir; nada similar a un espacio en el que buscar la paz. 

Andrés
aparcó el coche frente al mar y al hombro se echó su botín maloliente. “Le regalaré alguna a Antía, es un cielo y siempre consigue una mesa para este pobre viejo”, pensó. Atravesó la terraza del Puntal mirando al suelo, en lucha consigo mismo por ocultar sus casi dos metros de altura, y buscando un lugar apartado en el que no interrumpir su armonía. “No quiero saludar a nadie”.

– Andrés, vas ter que agardar, teño todo ocupado.

Antía se le adelantó con una negativa inevitable que no quería pronunciar, aunque sus palabras no frenaron el agasajo del pescador que, orgulloso, exhibió el sueldo del día ante los ojos azules de la dulce y atenta cedeiresa. 
Volvió el olor a salitre a mi mesa. Cada vez más intenso. Tan fuerte que dejé por unos segundos de mirar al sol. Aún entre nebulosas le ví. Él también a mi. Corrimos. Mucho. Aunque escasos metros. Como en una película en la que el tiempo se para alrededor de los protagonistas.

Nos abrazamos llegando incluso a hacernos daño (él más a mi) y compartimos lugar, contando años, quitándonos las ganas mutuas de soledad de ese 3 de agosto, y rompiendo en añicos cada intento de saludo exterior, madrileño o de casa, dio igual.

   En nuestro rincón hubo cabida para su menú y el mio, nuestro, para los cuentos de antes y las viñetas de ahora, para el mismo sol cayendo, para las palabras comunes que nos dedicó Antía, y para el mejor de los recuerdos de una noche de verano regada de Ribeiro en taza.

Hoy he abandonado Villarrube. Al lado de la puerta de casa encontré un saco de esparto lleno de robalizas y una nota húmeda escrita de la mano de quien madruga para ir al mar:

“Vémonos no Puntal, pequeniña”

Una enorme sonrisa ha dibujado mi cara hasta que he encendido el coche, y ha crecido más. Entonces, no han sonado los Maytals; Nordestin@s han subido los decibelios hasta Vixía Herbeira para, desde lo más alto, “Falar de Amores” mientras abandono el paraíso.

Me gustas, aunque no te importe

 Me gusta tu piel, tiene un tacto único que descubrí imaginándolo el primer día que te vi. Se aleja bastante del canon universal de belleza y es por eso, porque nunca me ha agradado la perfección, que tus poros semiabiertos me han vuelto loca.

Me gusta rozarte lento, y apreciar al tiempo tu color. Tostado por todas las esquinas de tu cuerpo y con tu centro más íntimo absolutamente pálido, como con una ropa interior que jamás has dejado que nadie toque, y que actúa a modo de escudo solar.

Me gusta cómo te combinas, con tus zapatos rojos y ese  finísimo fular verde que aporta un toque parisino a tu estilo. A veces pienso en desatarlo poco a poco de tu cuello, para poder indagar en tu interior.

Me gusta tu sabor a mar y a cocina de siempre, a libertad y a casa, a locura y sensibilidad. Porque probarte fue una experiencia que no voy a olvidar, viendo cómo te deshacías con cada uno de mis pequeños bocados y cómo parecías pedir más.

Me gusta haberte prometido que te mordisquearía tantas veces como el apetito desordenado de los deleites carnales me permitiese; y la lujuria me ha dado barra libre, porque te has convertido en una droga a la que busco cada cierto tiempo.

Me gusta ir a verte, aunque tú no lo sepas, mirarte tímidamente cuando estás con otros y no te das cuenta. Cuchicheo sobre ti mientras te observo con desasosiego en bocas ajenas.

Por todo eso me gustas, Mi adorada Filloa Rellena de Langostinos sobre Piquillo, aunque te vayas con cualquiera que pasa por el Restaurante Rey

Me gustas, aunque no te importe.

Nuestro rincón de mar, Mamá Peixe

La busqué durante meses hasta que me arranqué del tobillo el invento y abandoné mi esfuerzo. Hoy no es la misma, pero está aquí. Le sobran grietas, a pesar de tener buen aspecto, y le falta esa picaresca de cuando éramos uno.Aquel mes de diciembre fue el último para nuestras olas y separados entre rocas cada cual eligió una corriente. Nunca volví a peinar su parafina y ella no sintió mi rodilla hincada en su parte más íntima. 

Esta mañana nos juntamos, aprovechando una serie buena, aunque breve, como lo son las great waves, en un mar de recuerdos en el que preferimos no ahondar. Ahí se quedan, en botellas de corcho impermeable. 

  Encontramos nuestra bahía compostelana. Algo pequeño, sin “pros” de mar ni surferos senior a los que pedir perdón por ocupar su cancha, un término medio entre el Pantín bravo que inventamos hace tiempo y la paz de un arenal de pala y cubo con niños corriendo. Será nuestro escondite, a la vista de todos, sin lujos ni miserias. Un mar con sorpresa en el corazón de Santiago. 

Mi tabla y yo nos reencontramos. Y nos gusta volver a ser uno, aunque cada cual surque sus mares. 

Te he echado de menos y te espero con una buena serie de olas, cada mediodía, en la Algalia de Arriba, en Mamá Peixe.